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La luz solar ejerce sobre los humanos toda una serie de acciones positivas, así, estimula la síntesis de la vitamina a D3, estimula la liberación de serotonina (que produce sensación de bienestar) y de la melatonina (contribuyendo a estabilizar nuestro ritmo circadiano). Pero también, un exceso puede producir reacciones inflamatorias (quemadura solar), envejecimiento prematuro de la piel, y potenciar la aparición de cáncer de la piel. Dentro del espectro de la luz solar, la que alcanza la piel con mayor capacidad de producir daño directamente a la piel son la luz ultravioleta más lejana (UVB), seguida de la ultravioleta próxima (UVA). Esta última es la que con mayor intensidad alcanza la superficie de la tierra y por lo tanto a nosotros. Son mucho menos lesivas la luz visible y la infrarroja.

Fototoxicidad. Pero además de esos efectos conocidos propios de la radiación solar, existe un escenario en el que los efectos de una dosis moderada de radiación solar pueden verse exacerbados por la presencia de algún compuesto que actúa como fotosensibilizador. La presencia de ambos, luz solar y fotosensibilizador, dan origen al fenómeno de fototoxicidad. El fotosensibilizador absorbe la energía de la luz (fotones), y la transfiere a otras biomoléculas, o incluso al oxígeno, dando origen con ellos a toda una serie de reacciones fotoquímicas que se traducen en daño a las células de la piel. Dentro del espectro de la luz solar, la luz más lejana (UVB), pero también la ultravioleta próxima (UVA) son las que mayor capacidad tienen de producir daño a la piel, bien directamente o a través de un mecanismo de fototoxicidad.

Fármacos y fototoxicidad. Existen toda una serie de compuestos, entre ellos algunos medicamentos, que pueden actuar como fotosensibilizadores sobre la piel. De manera que su consumo, asociado a una exposición solar, puede dar origen a reacciones de fototoxicidad y fotoalergia. Se han descrito casos relacionados con algunos antiinflamatorios no esteroideos (ketoprofen, naproxen, piroxicam), antipsicóticos (clorpromacina), antibióticos (fluoroquinolonas, ciprofloxacino, ácido nalidixico, tetraciclina, doxiciclina), antiarritmicos (amiodarona). Pero también compuestos endógenos del organismo (porfirina, en la porfiria cutánea tarda), e incluso algunos compuestos usados en cosmética (aceite de bergamota, filtros solares). Estos compuestos, bien porque se aplican sobre la piel, o porque se acumulan en ella, al absorber la luz solar actúan como fotosensibilizadores, causando daño a las células de la piel (fotoirritación) o estimulando una respuesta inmune (fotoalergia).

Fotoprotección. La piel produce una substancia obscura (melanina), que es un eficaz protector de la radiación solar. Los seres humanos oriundos de zonas con alta exposición solar tienen la piel obscura. Una moderada exposición al sol, también induce en humanos con pieles más claras la síntesis y depósito de melanina (bronceado), que nos protege de la radiación solar. En otras circunstancias y para evitar los efectos negativos directos de la luz solar, o los ejercidos a través de la presencia de fotosensibilizadores, se utilizan filtros o protectores solares. Se trata de compuestos que evitan que la luz solar pueda actuar sobre la piel, bien porque reflejan la luz (óxido de Titanio, óxido de Zinc, ambos de color blanco), o bien porque absorben la luz, y esa energía la liberan en forma de calor (benzofenonas, cinnamatos, PABA). Los hay actualmente que cubre el espectro de ultravioleta B y A, e incluso de la luz azul, que son las radiaciones más energéticas. Su grado de protección se mide por el índice o factor de protección solar que indica qué fracción de rayos ultravioleta recibidos alcanzan la piel. Así, un protector solar FPS 50, significa que a las células de la piel solo les llegará 1/50 de la cantidad de luz incidente. Y que su exposición a ella puede prolongarse por ese factor. Pero los fotoprotectores sufren descomposición por su interacción con la luz solar y por ello es tan importante repetir su aplicación cada dos horas si se está expuesto a una intensa radiación solar, para que no pierda eficacia su efecto protector.

Radiación solar y cáncer de piel. Distintos estudios epidemiológicos asocian la frecuencia del cáncer de piel (típicamente el melanoma), con la radiación solar a la que dicha piel se ha visto expuesta. La luz ultravioleta puede causar daño oxidativo al ADN lo que puede estar en el origen de una mutación y la posterior aparición de cáncer de piel. El ejemplo más característico es el melanoma maligno que supone una proliferación descontrolada de los melanocitos de la piel.

Por ello se aconseja prudencia en la exposición al sol a personas con piel Tipo I y II, poco pigmentada y abundancia de lunares o nevus (formaciones en la piel, en la que se concentran melanocitos con una alta acumulación de melanina). Son estos lunares los que conviene vigilar porque son el punto de partida de un melanoma de piel. La mayoría de las personas presenta lunares en mayor o menor cantidad y pecas o efélides que son manchas pequeñas de color marrón claro que aparecen sobre la piel expuesta al sol, y que oscurecen por efecto del depósito irregular de melanina. Son estos individuos con piel tipo I y II, así como los de tipo III (piel levemente morena), los deben hacer un uso sistemático de protectores solares, para evitar, además del cáncer, un envejecimiento prematuro de la piel. En la farmacia podemos aconsejarte sobre tu piel y el mejor modo de protegerla.

Melanoma maligno de piel

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